Seleccionar la información

Tanto el hombre como el perro tienen cinco órganos sensoriales que proporcionan material a la percepción: la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Sin embargo, la información que extraen el hombre y el perro de sus percepciones sensoriales son completamente diferentes. El perro no sabe lo que significa un letrero de la calle, y el hombre jamás podrá averiguar por el olfato qué perro ha estado antes en esa farola.

A partir de la avalancha de señales e informaciones que llegan a diario, los dos tienen que asimilar y seleccionar los datos que para ellos sean relevantes. El perro utiliza con tal fin, sobre todo, unos filtros genéticos que lo ayudan a analizar en cuestión de segundos las señales y las informaciones para responder a ellas con reacciones adecuadas. De este modo, determinados impulsos son filtrados y eliminados, y así dejan de influir en él (véase también el recuadro). A ello se añaden unos filtros individuales que se desarrollan a raíz de las experiencias que haya tenido hasta entonces el perro. A partir de esta combinación, el perro se forma su imagen del mundo.

Lo decisivo es el punto de vista de las cosas

En el fondo, al hombre le ocurre algo parecido. Las personas también se construyen su realidad individual sobre la base de sus impresiones sensoriales lo que da lugar a unos sentimientos y unas conductas completamente diferentes. Un ejemplo: el bosque. Para el cazador, supone la diversión de cazar, para la pareja de enamorados ‘’romanticismo’’, para un niño ‘’estar perdido’’, es decir, cada persona se crea una imagen propia del bosque en relación a sus circunstancias.

A partir de numerosos estímulos seleccionados, el hombre y el perro construyen, cada uno, su mundo. Debido a la diferente estructura de los órganos sensoriales y a la distinta asimilación a través del cerebro, el mundo del perro se diferencia claramente del nuestro.

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